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miércoles, 1 de abril de 2020

La próxima pandemia

"Nos talan millones de hectáreas de nuestros bosques para sembrar transgénicos, sobre todo en el Cono Sur. Nos rocían millones de toneladas de pesticidas en el aire para los cultivos industriales de soja y banano, o para acabar con los cultivos ilícitos. Nos acaban las barreras naturales de manglar que defienden nuestras costas para criar camarones. Nos envenenan millares de hectáreas con agrotóxicos para exportar flores. Nos inundan millares de hectáreas y transforman los ecosistemas para entregar electricidad a las empresas extractivas y agua para sembrar monocultivos. Nos dinamitan el suelo para buscar oro y cobre. Nos contaminan el agua, el aire y el suelo, con los desechos petroleros que las economías extractivas exigen. Ya alcanzamos cifras escalofriantes de cáncer, pobreza y hambre,… Ya tenemos condiciones para que la próxima pandemia surja en América".


La América Latina que hoy conocemos es fruto de varias pandemias que arrasaron, en muy poco tiempo, al 90% de su población y, con ella, también se llevaron su conocimiento, su cultura y una forma de relacionarse con la naturaleza que, en la actualidad, los científicos descubren extraordinariamente avanzada. Estas poblaciones supieron, desde crear el suelo (la denominada terra preta), a domesticar alimentos que hasta el día de hoy llenan nuestros platos.

Nunca sabremos cuántos millones de personas desaparecieron, los cálculos bailan entre 30 y 90 millones según las fuentes. Sin embargo, parte de la gravedad fue la rapidez con que se dio, pues impidió la transmisión de conocimientos y se perdió definitivamente la manera diferente de relacionarnos con la naturaleza.

Una mirada cuidadosa nos permite encontrar dos elementos de interés. Por un lado, que todas las epidemias fueron importadas, ninguna se generó en América Latina y, segundo, que es precisamente el tipo de relación con la naturaleza la que está en entredicho con las últimas pandemias.

Epidemias importadas
Cordero del Campillo (s.f.) sostiene que el trasiego humano en el “Viejo Mundo” siempre estuvo asociado a sus animales de consumo y que en éstos estuvo el origen de las pandemias que transformaron la sociedad americana.

La primera epidemia introducida fue la gripe (virus de Influenza, Orthomyxovirus) que hoy se sabe está asociada a cerdos y aves de corral. Asoló la isla de Santo Domingo antes de extenderse por el resto del continente. Se regó con tal agresividad, en una población nunca antes expuesta, que se le identifica como causante de la muerte de un tercio de la población nativa. El tipo A H1N1, que se detectó como causante de la pandemia de 1918 (la gripe española con más de 50 millones de muertos en el mundo), estaba asociado al tipo A (cerdos), al igual que el de 2009 detectado en México y que se calcula que ya ha matado a 200.000 personas.

La segunda epidemia fue el virus del sarampión (Paramixovirus) que llegó a Santo Domingo, principal puerta de entrada, en 1495. La Organización Mundial de la Salud (OMS) no reconoció la eliminación del sarampión en Las Américas hasta el año 2000, aunque posterior a esa fecha nuevos brotes surgieron por viajeros que la siguen introduciendo. Antes de la vacuna, el sarampión causaba más de 1 millón de fallecimientos cada año.

Apenas un año después, en 1496, llegó también a Santo Domingo el tifus, causado por una bacteria (Rickettsia) que transmitían los piojos y pulgas contagiados por las ratas. La especie europea (R. Prowazeki) que se transmitió desde el ganado, era 60 veces más mortal (60 de cada 100 enfermos) que la preexistente en América (R. Mooserii). Estas epidemias se difundieron y en 1526 llegó a México para quedarse, desarrollando en 1546 un brote que acabó con más de la mitad de la población. Eran sucesivas, sin tiempo de recuperación. Todas importadas. Venían con los viajeros que durante su transporte se infectaban en el viaje con las pulgas de las ratas; y al llegar a todos los puertos se diseminaron por todo el continente.

La viruela (un Orthopoxvirus) se calcula que apareció por primera vez en Egipto, entre 10.000 y 3.000 a. C. Se cree que desde las vacas, ovejas o cabras. Llegó a Santo Domingo, con el comercio de esclavos africanos en 1518, en meses acabó con un tercio de la población indígena y de ahí se extendió por el Caribe y, posteriormente, a Guatemala, México y a todo el continente.

La fiebre amarilla (flavivirus), el Zika, Dengue y Chikungunya, necesitaron de un mosquito, el Aedes Aegypti, también de origen africano, para transmitirse y llegó con el comercio de más de 10 millones de esclavos desde África.

La Fiebre Amarilla (Flavivirus de origen africano), hoy está en 13 países de Latinoamérica, distribuida en zonas boscosas y selváticas. La OMS ha encontrado un aumento de la incidencia de esta enfermedad en los monos, lo que significa un mayor riesgo para su transmisibilidad a humanos. En 2017, Brasil notificó un gran brote de Fiebre Amarilla, con un total de 776 casos de infección y 261 muertes. Así mismo, la OMS, calcula que cada año se producen en el mundo entre 84.000 y 170.000 nuevos casos de los cuales hasta 60.000 son mortales.

El virus del Zika es un flavivirus identificado por vez primera en 1947 en monos de Uganda. Para 1952 ya se identificó en el ser humano en Uganda y Tanzanía. Se dieron infecciones esporádicas en África y Asia. En el 2015, en Brasil, se notificó un gran brote asociado al síndrome de Guillain-Barré y a microcefalias en neonatos. Hasta la fecha, 86 países en todo el mundo han notificado casos de infección por Zika, transmitida por mosquitos, con 34.000 casos identificados en Las Américas.

Chikunguya (Arbovirus) es el nombre en idioma makonde (Tanzania) que significa “enfermedad del hombre retorcido”. Fue detectado en 1952 y se ha extendido a las islas del Océano Índico, India, Sudeste Asiático, Europa y América, a donde llegó en diciembre de 2013. Ya lo han sufrido más de dos millones de personas.

La malaria es un protozoo (Plasmodium) transmitido por el mosquito Anópheles. Al cultivar el ñame se deforestaba la selva africana y con la ausencia de los gorilas se transmitió la enfermedad al ser humano. La malaria ha matado a más gente que la peste y el tifus juntas, y éstas a más personas que todas las guerras (Sitach, 2017). En África todavía mata a más de un millón de personas cada año.

El cólera (bacteria Vibrion cholerae), es de origen asiático, del Delta del Ganges (Bangladesh e India). Si bien es enfermedad conocida desde hace milenios, en 1817 surgió como la "Primera Pandemia" y a Latinoamerica llegó por primera vez en 1832. Hoy el mundo está cursando la séptima pandemia de cólera, iniciada en 1961 en Sulawi (Islas Célebes, Indonesia), que entre 1991 y 2011, afectó en América Latina a casi 2 millones de personas, con más de 20 mil muertes (letalidad de 1,06%).

Al virus del SIDA (VIH-1) también se le ha identificado su origen en África, en el Congo (1960), a partir de chimpancés, y se considera que ya ha matado entre 36 y 50 millones de personas en el mundo. Su distribución se debió a factores demográficos, consumo de carne de mono, cambios sociales y vacunaciones sin esterilizar las jeringuillas.

Un elemento que llama la atención es que nunca antes, en la historia de la humanidad, se han identificado tantas epidemias diferentes en tan poco tiempo (salvo en el periodo de invasión europea del continente americano). Desde 1918, que se identifica la denominada gripe española, se acercan a 100 millones las personas que fallecieron con ella y las que siguieron: gripe asiática (1957), gripe de Hong Kong (1968), VIH / SIDA (1981), gripe porcina AH1N1(2009), SARS (coronavirus 2002), Ébola (Évolavirus 2014), MERS (coronavirus 2015), COVID-19 (coronavirus 2019) éstos últimos brotes asociados a murciélagos, camellos, monos, pangolines,...

La relación con la naturaleza
Así como en la Edad Media fueron las grandes ciudades comerciales los principales focos de infección de la peste bubónica, y los puertos comerciales sus principales centros de difusión de las epidemias, no es casualidad que el COVID-19 siga en la actualidad la misma ruta que la de la Peste bubónica en el siglo XIV. Desde China viajó a Italia, se infectó Europa y desde ahí, por transacciones comerciales, migrantes que retornan y turistas nos llega a América la última pandemia.

La tala indiscriminada de las selvas, la expansión de los monocultivos, el desprecio por el agua y el suelo, el uso inadecuado y explotación de animales, la ausencia de control de vectores, el mal manejo de desechos, el comercio despreocupado de las personas, y solo centrado en el lucro, poder o dominación fueron parte de las razones para el origen de las epidemias.

El Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) en España, reconoce hoy que al simplificar los ecosistemas reduciendo el número de especies y al perder biodiversidad, desaparecen especies intermedias que actuaban de barreras, favoreciendo que se entre en contacto con especies que nos exponen. No es en los animales donde surge el contacto o la mutación, es en el uso que hacemos de ellos al destrozarles sus ecosistemas. Una forma de protección sería la transformación de los monocultivos en “bosques comestibles” como la permacultura entiende, pero ¿estamos dispuestos a ello? ¿Lo están las políticas públicas? Hoy nos proponen e imponen los Tratados de Libre Comercio que destruyen la economía campesina, menoscaban la autonomía, y abren las fronteras a los productos industrializados, subsidiados, y con una alta carga de destrucción de naturalezas.

Nos talan millones de hectáreas de nuestros bosques para sembrar transgénicos, sobre todo en el Cono Sur. Nos rocían millones de toneladas de pesticidas en el aire para los cultivos industriales de soja y banano, o para acabar con los cultivos ilícitos. Nos acaban las barreras naturales de manglar que defienden nuestras costas para criar camarones. Nos envenenan millares de hectáreas con agrotóxicos para exportar flores. Nos inundan millares de hectáreas y transforman los ecosistemas para entregar electricidad a las empresas extractivas y agua para sembrar monocultivos. Nos dinamitan el suelo para buscar oro y cobre. Nos contaminan el agua, el aire y el suelo, con los desechos petroleros que las economías extractivas exigen. Ya alcanzamos cifras escalofriantes de cáncer, pobreza y hambre,… Ya tenemos condiciones para que la próxima pandemia surja en América.

ACCIÓN ECOLÓGICA
Nota: Se recomiendan las infografías de EON y Lepan para analizar las epidemias a lo largo de la historia por su carácter educativo (ver bibliografía).

Bibliografía

· AMSE. 2017. Inf. Epidemiológica: Fiebre Amarilla. Epidemiología y situación mundial.  https://www.amse.es/informacion-epidemiologica/69-fiebre-amarilla-epidemiologia-y-situacion-mundial

· Bahamonde, C. y Stuardo, V. 2012. La epidemia de cólera en América Latina: reemergencia y morbimortalidad.  https://scielosp.org/article/rpsp/2013.v33n1/40-46/es/

· Cordero del Campillo, M. (s.f) Las grandes epidemias en la América colonial. Archivos de zootecnia vol. 50, núm. 192, p. 599. file:///sysroot/home/adolfo/Descargas/Dialnet-LasGrandesEpidemiasEnLaAmericaColonial-279914.pdf

· EON. 2020. Las grandes epidemias de la historia.  https://elordenmundial.com/mapas/grandes-epidemias-de-la-historia/

· Ibarra, R. 2014. Un estudio desvela dónde y cuándo se originó la pandemia del sida  https://www.abc.es/salud/noticias/20141002/abci-sida-origen-pandemia-201410021430.html?ref=https%3A%2F%2Fwww.google.com%2F

· Le Pan, Nicholas. 2020. Visualizando la historia de las pandemias.  https://www.visualcapitalist.com/history-of-pandemics-deadliest/

· Mann, Charles. 2006. “1491: Una nueva historia de las Américas antes de Colón”. Santillana. Madrid.

· Martínez, L. y Torrado Y.P. 2015. Fiebre Chikungunya. Revista Cubana de Medicina, vol. 54, No.1 Ciudad de la Habana. En  http://scielo.sld.cu/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0034-75232015000100008

· OMS. 2017. La epidemia de cólera en América Latina: reemergencia y morbimortalidad.  https://iris.paho.org/handle/10665.2/9222

· OMS. 2018. “Enfermedad por el virus de Zika”.  https://www.who.int/es/news-room/fact-sheets/detail/zika-virus

· Sitach, X. 2017. "La malaria ha matado más que la peste y el tifus juntos". En  https://historia.nationalgeographic.com.es/a/la-malaria-ha-matado-mas-que-peste-y-tifus-juntos_9020/1

· Tena, Alejandro. 2020. La destrucción de los ecosistemas, el primer paso hacia las pandemias,  www.publico.es 20 de marzo del 2020.

· Virgili, Antoni. 2020. La peste negra, la epidemia más mortífera.  https://historia.nationalgeographic.com.es/a/peste-negra-epidemia-mas-mortifera_6280

Fuente: Acción Ecológica

jueves, 19 de septiembre de 2019

Pronostican sequía y desertificación en Argentina tras los incendios en el Amazonas

La investigadora del CONICET y Coordinadora Científica del Observatorio Nacional de Evaluación y Monitoreo de la Degradación de Tierras/Desertificación, Elena Abraham, alerta sobre el peligro de las quemas intencionales en la selva amazónica y advierte sus posibles consecuencias para nuestro país.


Los fuegos intencionales son un escenario al que lamentablemente nos hemos acostumbrado, pero aquellos a los que estamos asistiendo en la actualidad superan nuestra comprensión. Han pasado semanas y ya no son título de tapa de los periódicos y solo algunos grupos siguen insistiendo sobre sus consecuencias. Pero lo más peligroso, es que lo aceptamos como un desastre que tenemos que asumir. Eso me motivó a escribir estas líneas. La sociedad no puede aceptar estos eventos y dejarlos pasar solo con expresiones de asombro y repudio, o plantando árboles para calmar su conciencia. Las consecuencias son enormes para todo el planeta, y especialmente para nuestro país.

Un argentino, Rolando García, realizó grandes contribuciones a la teoría de sistemas complejos, ayudándonos a entender su marco conceptual y epistemológico, pero sobre todo su dinámica y la posición en que nos sitúan ante la ciencia.

Para García, los sistemas complejos -compuestos por subsistemas y procesos de diferente nivel- son un problema de estructuras imbricadas donde diferentes procesos y componentes interactúan entre sí de manera no mecánica ni lineal (en nuestro caso la selva amazónica). Las perturbaciones exógenas o endógenas generan reacciones en otros niveles de procesos que o contrarrestan la perturbación o desencadenan procesos para reorganizar la estructura (los incendios). Esta posición nos permite avizorar las consecuencias, no solo para el planeta sino para nuestro país, que pueden tener hechos tan trascendentes como los incendios en la Amazonia.

La degradación de tierras/desertificación, es la pérdida de un ecosistema de su capacidad productiva y de generación de bienes y servicios por mal uso –abuso- antrópico. El enfoque de sistemas complejos es el que mejor se adapta a entender su naturaleza y nos permite enmarcar y comprender causas y consecuencias de lo que está sucediendo en la Amazonia.

Primero fue la Chiquitanía y rápidamente los múltiples focos generados por la quema de los “chacos” para desmontar el bosque se extendieron, y la Amazonia sigue quemándose sin control. No es la sequía la responsable, la quema tiene nombre y apellido: madereros, mineros, explotaciones intensivas agropecuarias, tomadores de decisión que lo permiten y que en algunos casos operan a favor de ello, en fin, todos los procesos y agentes relacionados con la expansión de la frontera agropecuaria, que se valen de la motosierra, las quemas en la estación seca y la topadora para “ponerla en valor”, en una posición brutalmente extractivista.

No es un hecho reciente, ya a fines de siglo XIX asistimos imperturbables a la desaparición de uno de los ecosistemas de bosque más importantes: la mata atlántica, en su momento la tercera formación forestal del planeta, de la que en la actualidad solo permanece el siete por ciento de su extensión original protegida por parques nacionales.

La selva conforma un sistema casi cerrado: llueve porque hay selva y hay selva porque llueve. Desarrollada sobre un suelo somero, de poco espesor y escasos nutrientes, se autofertiliza por la rápida descomposición de su materia orgánica. Si eliminamos la selva, y la reemplazamos con monocultivos o ganado, las lluvias se reducen, aumenta la escorrentía y el suelo, sin protección, se convierte, en los casos más extremos en laterita (del latín later=ladrillo). Estos son depósitos fuertemente enriquecidos en óxidos e hidróxidos de hierro, producto de la meteorización química, en general, en zonas de relieve horizontal sobre rocas ricas en hierro, que forman costras que pueden llegar a varios metros, de color rojo, duras, impermeables e improductivas.

Por otra parte, otra consecuencia, no menor, es que la falta de lluvias en el territorio del Amazonas, producirá una disminución de los caudales líquidos y un aumento de los caudales sólidos, afectando necesariamente a los grandes emprendimientos de generación hidroeléctrica, a la navegación y a la infraestructura portuaria argentina, que es país baja cuenca.

La selva provee oxígeno al planeta, agua y recursos biológicos. Es un ecosistema megadiverso con el diez por ciento de la biodiversidad mundial, con poblaciones originarias que viven y se reproducen en ese territorio. Libera oxígeno, almacena dióxido de carbono en grandes cantidades y filtra el agua que produce a través de su ciclo de nutrientes antes de que ésta llegue al océano. Su pérdida por la quema es un verdadero ecocidio: durante el proceso de incendio, se libera el dióxido de carbono que engrosa los gases de efecto invernadero contribuyendo así al calentamiento global.

Actúan como un verdadero aislante que envuelve a la tierra e impide que la radiación infrarroja, el calor terrestre, se escape, generando un incremento de temperatura, con las consecuencias que todos sabemos en relación con los escenarios de cambio global. Esta, además de la irrecuperable pérdida de biodiversidad y de nutrientes, es la consecuencia directa y más visible del incendio.

Sin embargo, podemos esperar otras consecuencias no deseadas en el corto y mediano plazo. Si desaparece la selva, será reemplazada por una sabana, o por un agrosistema empobrecido de ganadería o monocultivo, incapaz de proveer los servicios ecosistémicos que proveía el sistema original.

Las consecuencias para Argentina serán difíciles de prever, pero podemos pensar que, al disminuir los bosques, el ciclo de lluvias se alterará, generando más meses de estación seca. La Amazonia genera precipitaciones para toda la cuenca del Plata, de las cuales, aproximadamente, el veinte por ciento llega a la llanura pampeana, con producción intensiva de soja y ganadería, y, por otro lado, genera prácticamente toda la lluvia monzónica de la llanura chaqueña, que está sufriendo una acelerada transformación de sus usos del suelo con la conversión del monte a monocultivos. Si las precipitaciones no llegan, en su lugar llegará la sequía. El aumento de la estación seca produciría un avance del Chaco Seco a expensas del Chaco Húmedo. La llanura pampeana y el Chaco son los dos ecosistemas que producen la mayor parte del producto bruto agropecuario de nuestro país.

Hasta julio de 2019, la tasa de deforestación en Amazonia llegó al 278 por ciento más que en el mismo período de 2018, los focos de fuego contabilizaron un 83 por ciento y las multas se redujeron un treinta por ciento Para el Chaco argentino aún no hay información. Lo que sí sabemos es que según datos del IPCC (Panel Intergubernamental de Cambio Climático) para 2013, ya se alertaba que el 4,3 por ciento de la deforestación mundial sucedía en Argentina, con foco en Santiago del Estero, Salta, Formosa y Chaco, donde se contabilizaba el ochenta por ciento de los desmontes.

Las denuncias por desmontes ilegales, se realizan todos los días, por ONG, pobladores y científicos. En el caso del Chaco, los bosques, actúan como una esponja natural, que ayuda a prevenir las inundaciones. Según el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria, una hectárea con bosque chaqueño absorbe en una hora trecientos milímetros de agua, mientras que una con pasturas, cien milímetros, y una con soja tan sólo treinta milímetros.

Estos bosques están siendo sistemática y aceleradamente destruidos por la industria agropecuaria y la ganadería intensiva que avanza sin ningún control. Gran parte de la deforestación se realiza en zonas protegidas por la Ley de Bosques. Las inundaciones cada vez más frecuentes que azotan a la región norte y litoral del país cada verano son una consecuencia directa de la destrucción de los bosques nativos. Estos fenómenos complejos son claro ejemplo de los procesos de desertificación, que involucran un componente natural (déficit de agua, tierras secas) pero sobre todo uno antrópico: el mal uso, o el uso desmedido que hacemos de estos sistemas de tierras secas.

Argentina tiene casi el setenta por ciento de su territorio bajo condiciones de sequedad, y la degradación de tierras/desertificación avanza año a año, sin control. El CONICET ha generado, a través de una de sus Redes Institucionales Orientadas a la Solución de Problemas (RIOSP) el Observatorio Nacional de Degradación de Tierras y Desertificación (ONDYT), con sede en el Instituto Argentino de Investigaciones de Zonas Aridas (IADIZA, CONICET-UNCUYO), en un esfuerzo conjunto entre el sector científico y tecnológico (IADIZA, INTA, UBA) y los tomadores de decisión (Secretaría de Ambiente y Desarrollo Sustentable de la Nación). Desde 2011 el Observatorio se dedica a trabajar en el conocimiento y la medición de los procesos de degradación de tierras/desertificación que afectan al país. El objetivo fundamental es poner este tema en la agenda de los tomadores de decisión, dado que la mejor medida es prevenir antes que recuperar.

Aún cuando estas previsiones fueran muy extremas, no podemos ignorar los efectos que una economía extractivista está produciendo en nuestro planeta, y sus efectos globales, regionales y locales. El enfoque de sistemas complejos nos advierte que si desaparece la selva, no solo desaparece un ambiente único y fundamental, también se reducirá la capacidad de Argentina como país agropecuario.

Mientras más ganado haya en Amazonas, menos habrá en Argentina, mientras mayor sea la desertificación en Amazonia, mayores, más extendidos y más intensos serán estos procesos en una Argentina que ya está sufriendo los efectos de este flagelo por sus propias decisiones en relación con los usos del suelo de las tierras secas que conforman la mayor parte de nuestro país.

Fuente: CONICET